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¿Qué dice el Derecho de la Iglesia Católica?

Como telón de fondo cabe situar los siguientes principios generales (7):

• Por razón de su bautismo, todos los católicos tienen igual dignidad ante Dios y tienen el mismo llamamiento divino.
• Los católicos con discapacidad tienen derecho a participar en los sacramentos como miembros de pleno derecho de la comunidad eclesial.
• Los ministros sagrados no pueden negar los sacramentos a quienes los pidan de modo oportuno, estén bien dispuestos y no les sea prohibido por el Derecho.
• Los pastores son responsables de que, en la medida que lo permita su propia condición, se evangelice, se dé formación catequética y preparación sacramental a los feligreses con discapacidad.
• Se exhorta a las diócesis a establecer los servicios de apoyo adecuados para facilitar a los pastores la evangelización, la formación catequética y la preparación sacramental de los feligreses con discapacidad.
• En el curso de la toma de decisiones pastorales, es inevitable que los responsables de las mismas se encuentren con casos difíciles. Para tratar tales casos, se exhorta a las diócesis a establecer normas que respeten los derechos procesal y positivo de todos los concernidos, realizando previamente las consultas necesarias.

Todo esto puede chocar, porque no están tan lejos los tiempos en que se les negaba la Comunión, o se les daba de forma privada... Los tiempos, las formas y las comprensiones pastorales, gracias a Dios, han evolucionado, aunque a veces nos enfrentemos con reminiscencias del pasado. Pero vayamos al grano. Hemos de ser sinceros con nosotros mismos y reconocer que, en ocasiones, el matrimonio se halla sobrecargado con ideales que exigen demasiado y por unas expectativas demasiado ambiciosas. Y por eso mismo, a lo mejor nos choca que, precisamente, las personas con síndrome de Down sean más realistas que nosotros. El matrimonio tiene que ser definido desde sí mismo; el ideal normativo habrá de ser explicitado desde el papel efectivo que dicha institución ejerce sobre el proceso de humanización de la persona.

Juridicismo y esencialismo han podido llevar a menudo a un irrealismo minimalista y rigorista. Gran parte de las personas con síndrome de Down en nuestro país están bautizadas en la Iglesia Católica y buena parte de ellas están integradas en instituciones asistenciales católicas. Un fundamental respeto a la fe que profesan y a los derechos que su bautismo les otorga obliga a plantearnos su situación ante un derecho/deber fundamental del bautizado: casarse por la Iglesia. Hay que ofrecerles fórmulas de vida para que esas uniones no queden en un mero compañerismo sexual.

Como contrato jurídico que es, al matrimonio se le aplica la teoría de contratos. De ahí que se afirme que de los tres elementos necesarios para la validez del matrimonio canónico (capacidad de las partes para contraer entre sí, consentimiento debido y forma prescrita) el más esencial de todos ellos, el que constituye su esencia, sea el consentimiento, ya que mientras los otros dos elementos dependen, en mayor o menor medida, de las leyes positivas, el consentimiento lo requiere la propia naturaleza del matrimonio. El Código de Derecho Canónico establece en el c. 1057: "1º) El matrimonio lo produce el consentimiento de las partes legítimamente manifestado entre personas jurídicamente hábiles, consentimiento que ningún poder humano puede suplir. 2º) El consentimiento matrimonial es el acto de la voluntad por el cual el varón y la mujer se entregan y aceptan mutuamente en alianza irrevocable para constituir el matrimonio".

El consentimiento se puede describir como el encuentro de la voluntad de un hombre y de una mujer en orden a la constitución de la relación conyugal. Ha de ser prestado libremente por las dos partes, sin que la declaración de voluntad en que consiste el consentimiento adolezca de defectos que vicien tal declaración. Este acto humano implica el uso de la razón y de la voluntad. El objeto de este consentimiento es la comunidad conyugal, de tal manera que este amor es la base y el soporte de todo el edificio matrimonial: se desea contraer matrimonio porque existe un amor que lleva a la unión conyugal. Esto implica que el matrimonio no puede ser fruto de una improvisación, ni mero producto de fuerzas inconscientes, ni una imposición venida de fuera. El matrimonio tiene que ser consecuencia de una decisión personal de los cónyuges, una decisión tan seria y comprometida como lo exige el tratarse de una de las opciones fundamentales de la existencia humana. La elección de cónyuge requiere compromiso, juicio, deliberación, libertad, madurez y equilibrio personal.

Pero la presencia de estos requisitos no se puede extremar ni magnificar, porque esas disposiciones deberán compaginarse con el derecho radical que todos los seres humanos tienen a casarse: los derechos naturales no se deben sacrificar en aras de unas exigencias legales o morales que, cuando se hacen desmedidas, terminan por lesionar la inviolable condición humana. Por consiguiente, es verdad que dicho acto puede estar obstaculizado por diversos defectos que afecten a las facultades intelectivas y volitivas que intervienen en el proceso psicológico del acto humano. Son los denominados defectos o vicios del consentimiento: aquellos que los padecen son incapaces de emitir un consentimiento naturalmente válido. Pero su posible existencia no debe magnificarse. "No se puede absolutizar el tema de la madurez: no sólo porque la madurez es siempre algo relativo, sino también porque en la madurez caben siempre diferentes listones y categorías" (9). A este problema apunta Juan Pablo II cuando afirma: "A veces se termina por confundir una madurez psíquica, que sería el punto de llegada del desarrollo humano, con la madurez canónica, que es en cambio el punto mínimo de partida para la validez del matrimonio" (10).

La incapacidad significa carencia absoluta de aptitud para ejecutar el acto, mientras que la dificultad implica sólo la presencia de obstáculos o inconvenientes para conseguir y desarrollar dicho acto. Lo que es difícil se puede llegar a conseguir poniendo el esfuerzo y la dedicación oportunos, y así es como de ordinario se van superando las dificultades que la vida va planteando. Como dice Panizo, "sólo cuando el esfuerzo y la dedicación necesarios para conseguirlo sean de tal envergadura o entidad que superen las fuerzas reales de la persona, estaríamos o mejor podríamos estar ante una dificultad calificable de insuperable" (10). Hay que subrayar con firmeza que el matrimonio es para la generalidad de los seres humanos y no únicamente para una élite privilegiada o mejor dotada. El canon 1096 afirma: "1º) Para que pueda haber consentimiento matrimonial, es necesario que los contrayentes no ignoren al menos que el matrimonio es un consorcio permanente entre un varón y una mujer, ordenado a la procreación de la prole mediante una cierta cooperación sexual. 2º) Esta ignorancia no se presume después de la pubertad".

Este canon indica el mínimo intelectual que los esposos deben tener en el momento de la celebración del matrimonio. El canon no dice que sea preciso que los cónyuges "sepan", sino sólo que "no ignoren": éste es un matiz de expresión muy digno de tenerse en cuenta, como si con él hubiera pretendido el legislador reafirmar la idea de que no se requiere un conocimiento técnico y cuidado, sino que basta un conocimiento vulgar y somero, acomodado a la capacidad de todos aquellos a quienes por derecho natural les está permitido el matrimonio. García Failde sienta un principio general, que enlaza con toda la tradición doctrinal y jurisprudencial: “La discreción de juicio requerida para el consentimiento matrimonial tiene que ser proporcionada al objeto del consentimiento; por tanto no es necesaria la plena y es suficiente la disminuida con tal que el grado de esta disminución no sea tanto que le haga perder aquella proporcionalidad” (11).

Como reconoce el canonista Díaz Moreno, “se ha puesto acertadamente de relieve, en relación con el suficiente uso de razón exigido por el canon 1095, que hay determinadas deficiencias mentales que son compatibles con ese suficiente uso de razón, exigido para la validez del consentimiento. Es decir, aun exigiendo, como ineludible, el uso de razón, necesario para que el acto sea verdaderamente humano, nos podemos encontrar con algunas perturbaciones mentales que son ciertamente compatibles con el uso de razón, ya que no hacen que se carezca de él, sino que de alguna manera lo modifican o lo dificultan” (12). Lo que queremos decir con todo esto es que habría que presumir, como norma general, la capacidad de la persona con síndrome de Down para contraer válidamente matrimonio canónico, pues los requisitos dispuestos por la actual regulación jurídica estarían cumplidos: existe suficiente uso de razón y discreción de juicio, proporcionados tanto al acto como a las personas que realizan dicho acto. Todos los otros elementos asumidos de la psicología serán una ayuda, necesaria o conveniente, para determinar si esta persona en concreto llega a ese mínimo de conocimiento o no, pero no pueden imponer una carga mayor que la señalada por ese precepto, que es de obligado cumplimiento.

Hay que insistir en que no es la persona con síndrome de Down la que tiene que probar que es capaz para contraer matrimonio, sino que será quien lo niegue el que tenga que probarlo, a través de la instrucción del correspondiente expediente. Las presunciones actúan en su favor; como afirmó Juan Pablo II, no debe caerse en el error de una "indebida sobrevaloración del concepto de capacidad matrimonial" (13). Esto lleva a Díaz Moreno a decir:

“El hecho cierto, del que hay que partir siempre, es que el deficiente mental es persona y, como bautizado, es persona en la Iglesia. La presunción, y presunción muy fuerte, es que le corresponden todos aquellos derechos fundamentales y radicales que nacen de su personalidad. Los derechos positivos, tanto en el campo civil como en el campo canónico, no tienen otra misión que reconocer y proteger el ejercicio de estos derechos. Por consiguiente, lo que hay que probar no es la existencia de este derecho, sino la limitación de su ejercicio, exigida por el bien de la persona misma o por el bien de otras personas y del bien común. Teniendo presente cuanto la normativa y doctrina canónica establece sobre los deficientes mentales, la presunción general es que estos seres no tienen limitado el ejercicio del derecho fundamental a contraer matrimonio, sino que esta limitación debe probarse en cada caso y contexto singular” (14).

En términos generales, “la madurez puede considerarse como un fenómeno de evolución vital por el que la persona se capacita para responder adecuadamente a las demandas que ese medio le presenta, con unos niveles de acierto que sean coincidentes con la media estadística de los seres de su misma especie y de su mismo ambiente (...) La progresión en el crecimiento de los hombres ni es rectilínea ni homogénea ni traducible a reglas fijas e inmutables: cada ser humano cuenta con su propio proceso y hasta techo de maduración y crecimiento; son las posibilidades y potencias concretas de cada hombre las que se desarrollan y éstas no son iguales en todos los seres humanos" (15). Y en ese proceso, no lo olvidemos, los esposos cuentan con la ayuda de Dios para ir sorteando las dificultades de su vida en común. El nº 1642 del Catecismo de la Iglesia Católica, al hablar de la gracia del sacramento del matrimonio, afirma: "Cristo es la fuente de esta gracia. Pues de la misma manera que Dios en otro tiempo salió al encuentro de su pueblo por una alianza de amor y fidelidad, ahora el Salvador de los hombres y Esposo de la Iglesia, mediante el sacramento del matrimonio, sale al encuentro de los esposos cristianos (GS 48,2). Permanece con ellos, les da fuerza de seguirle tomando su cruz, de levantarse después de sus caídas, de perdonarse mutuamente, de llevar unos las cargas de los otros (cf Gal 6,2), de estar sometidos unos a otros en el temor de Cristo (Ef 5,21) y de amarse con un amor sobrenatural, delicado y fecundo. En las alegrías de su amor y de su vida familiar les da, ya aquí, un gusto anticipado del banquete de las bodas del Cordero... Donde la carne es una, también es uno el espíritu".