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A modo de conclusión

El matrimonio conlleva obligaciones que hay que valorar, una de las cuales es la crianza y educación de los hijos, tema del que hablaré en una próxima colaboración. Esa es la gran preocupación de los padres: asegurar en lo posible la debida estabilidad y buena evolución de la relación matrimonial. Un padre me escribe: “Cuando nuestros hijos sin discapacidad se casan, allá ellos. No nos implica. Cuando nuestros hijos con discapacidad se casan, permanecemos involucrados todos, y la familia la primera. Es su matrimonio, es su derecho, de acuerdo; pero cuando tantas personas quedan implicadas, es necesario saber encontrar un equilibrio que sin duda es más difícil que cuando las personas mantienen su plena independencia”. Creo que en este tema no son aplicables módulos exactos ni reglas fijas, sino que la actuación ha de ir presidida por la prudencia y el máximo respeto a la persona con síndrome de Down concreta. Como señala Panizo, “no son cuestiones que se puedan resolver matemáticamente, como dos y dos son cuatro. Son cuestiones jurídicas y morales, a las que subyace la condición humana con toda su riqueza, con todos sus recovecos psicológicos, con los mil matices que cada personalidad encierra (…) La normativa del hombre es diferente de la norma estadística. Encasillar al hombre dentro de los parámetros muchas veces convencionales y siempre poco exactos de la normalidad y anormalidad es punto menos que imposible” (16). Una vez más hay que alertar sobre un posible exceso de protección; hay que moverse entre el respeto y la tutela, lo cual implica un esfuerzo permanente de autoevaluación, de crítica, para no pasarnos.

Probablemente a algunas personas les pueda parecer todo lo anterior un discurso hermoso y adecuado pero poco creíble: preguntémonos si no sucedía lo mismo cuando se empezaba a hablar de educación, de trabajo, de vida independiente para este colectivo... A pesar de todas las dificultades, y con los escasos ejemplos que tenemos todavía, comprobamos que el matrimonio entre personas con una discapacidad intelectual no acusa un mayor número de separaciones o de divorcios que el resto de la población. Funcionan. Como creyente, me gustan para terminar este trabajo las palabras que escribe Jean Vanier: “personalmente, tendería a confiar en una pareja que anuncia el deseo de casarse, que se toma el tiempo necesario para profundizar el sentido de su matrimonio sin precipitarse en relaciones sexuales, y que acepta ser acompañado (...) Si la pareja pone su unión bajo la mirada de Dios a través del sacramento del matrimonio, no para tener una bonita fiesta, sino debido a su confianza en Dios y en su Iglesia, entonces confiaría todavía más en ella. Dios hace maravillas en los corazones sencillos y pobres” (17).