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La pareja: amigos, compañeros y novios… - El valor de la pareja humana

El valor de la pareja humana

Con humildad, pero creo de verdad que es así, el amor compartido es para los miembros de la pareja la mejor fuente de satisfacción sentimental y de seguridad psicológica de que van a disponer. Sentirse elegido y amado de una manera prioritaria, privilegiada, única, es algo nuclear para el ser humano. Las relaciones sociales breves, cambiantes, fugaces, superficiales, no sólo no permiten profundidad y estabilidad en los afectos, sino que frustran al individuo y fragmentan su personalidad. La pasión, la intimidad y el compromiso son los tres componentes esenciales de las relaciones amorosas. La pareja sexual es la figura de apego central en la vida adulta, desplazando a la madre, que es quien suele ocupar este puesto durante la infancia. La pareja humana es, por consiguiente, un valor en sí misma y tiene su propio dinamismo interno.

Si hubiera que dar una definición, se podría decir que la pareja es aquella relación entre un hombre y una mujer cuyo grado de duración, intensidad y exclusividad deja bien patente la unión profunda que existe entre ambos. Con enorme respeto para los que afirmen lo contrario, creo que la heterosexualidad aparece como una de las características propias de la sexualidad. No es sólo el resultado de una cultura determinada, sino que hay base suficiente, a pesar de algunas posturas contrarias, para no admitir la homosexualidad como un camino válido en la realización de la vida afectivo-sexual, como una meta hacia la que se pueda dirigir la educación y a la cual la legislación reconozca similar valor que la pareja heterosexual. Que la homosexualidad se dé o que haya tenido un cierto auge en algunas culturas, no tiene otro valor que el de probar que es posible como un fenómeno más de los que pueden aparecer en el ser humano, sin que por esa razón se consideren naturales y mucho menos ideales. En la pareja se trata, pues, de la unión entre los dos sexos, algo que todos los seres vivos tienden a explicitar y realizar: el ser humano siente, en su masculinidad o feminidad, la necesidad de apoyarse en alguien y de ofrecer a su vez apoyo incondicional, lo cual es la esencia de la comunión, la comprensión y la solidaridad que une a los integrantes de la pareja. En efecto, la pareja ofrece a sus integrantes el calor afectivo, la satisfacción sexual, la sensación de seguridad y de compañía que son necesarios para el desarrollo normal de la persona.

"El amor de enamoramiento -que es, a mi juicio, el prototipo y cima de todos los erotismos- se caracteriza por contener, a la vez, estos dos ingredientes: el sentirse encantado por otro ser que nos produce ilusión íntegra y el sentirse absorbido por él hasta la raíz de nuestra persona, como si nos hubiera arrancado de nuestro propio fondo vital y viviésemos trasplantados a él, con nuestras raíces vitales en él. No es sino decir de otra manera esto último, agregar que el enamorado se siente entregado totalmente al que ama; donde no importa que la entrega corporal o espiritual se haya cumplido o no (...) En el amor, lo típico es que se nos escapa el alma de nuestra mano y queda como sorbida por la otra. Esta succión que la personalidad ajena ejerce sobre nuestra vida mantiene a ésta en levitación, la descuaja de su enraigamiento en sí misma y la trasplanta al ser amado, donde las raíces primitivas parecen que vuelven a prender, como en nueva tierra. Merced a esto vive el enamorado, no desde sí mismo, sino desde el otro, como el hijo antes de nacer vive cordialmente de la madre, en cuyas entrañas está plantado y sumido" (1).

 

De los dos relatos de la creación del hombre que aparecen en la Biblia, el más antiguo, el yahvista, insiste en que el ser humano no está condenado a vivir en soledad, sino que está llamado por Dios a vivir en comunión: "No es bueno que el hombre esté solo" (Gn 2, 18). Aparece entonces la mujer, con la que el varón puede entablar un diálogo de amor desde la igualdad y formar una comunidad de vida: "Esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne... Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne" (Gn 2, 23-24). Dios había entregado previamente toda la creación al hombre, pero éste mantenía su insatisfacción existencial más profunda, hasta que aparece en escena la mujer: el relato tiene una densidad significativa difícil de igualar. JUAN PABLO II afirma: "Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza: llamándolo a la existencia por amor, lo ha llamado al mismo tiempo al amor. Dios es amor y vive en sí mismo un misterio de comunión personal de amor. Creándola a su imagen y conservándola continuamente en el ser, Dios inscribe en la humanidad del hombre y de la mujer la vocación y consiguientemente la capacidad y la responsabilidad del amor y de la comunión. El amor es, por tanto, la vocación fundamental e innata de todo ser humano" (2).