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El amor, fuente de plenitud y realización humana

A lo largo de estos meses, con las colaboraciones que he ido escribiendo para Canal Down21, lo que he intentado poner sobre la mesa es muy sencillo: la persona con síndrome de Down tiene derecho a amar y ser amada, el amor es lo que nos hace plenamente humanos a todos nosotros. Las siguientes palabras de Jean Vanier me parecen altamente ilustradoras: "Me estoy acordando de Jean-Marc, sentado a mi lado en la capilla, repitiendo en voz baja: Tengo el diablo, tengo el mal. La historia de Jean-Marc es una historia de rechazo. Nacido en un hospital psiquiátrico, fue adoptado, pero mal; vivió en diferentes familias hasta que, posteriormente, fue acogido en una institución para personas con una deficiencia mental. Desde allí fue llevado al hospital psiquiátrico porque tuvo algún gesto de violencia. Llegó al Arca con veintisiete años. Nunca había vivido una relación privilegiada, única y duradera con un adulto. Había pasado de mano en mano (...) El, que nunca ha sido amado, ¿cómo puede llegar a creer que es digno de ello? Si no es amado es porque posee el mal. La lógica del amor es implacable: no puede tener confianza en sí mismo porque nadie, nunca, ha tenido confianza en él, nadie ha establecido unos lazos profundos con él. Tiene una imagen negativa de sí misma. Jean-Marc es, posiblemente, un caso extremo, pero ¿cuántas personas con una deficiencia mental padecen esta imagen que tienen de sí mismas?

Como Yvette, que, desde su primera infancia, fue considerada loca y, prisionera de esta imagen, se mostraba cada vez más loca. Como Michel, quien, en los Juegos olímpicos especiales para personas con una deficiencia mental, ganó su carrera y recibió la medalla de oro; se puso a llorar convulsivamente diciendo: ¿Tú crees que ahora mi madre podrá creer que soy capaz de hacer algo bueno? O como Georgette, que cuando se le preguntaba si le gustaría casarse algún día, respondía: Nunca podré casarme, pues mi madre me ha dicho que, si me caso, podría tener un niño como yo (...) Esta profunda herida de su corazón es la fuente de sus gestos extraños, depresivos o agresivos. Al no haber sido reconocidos como seres humanos de verdad, capaces de crecer, no pueden entablar una relación constructiva con los demás. Como siempre han sido considerados como objetos, tratan a los demás como tales; no pueden imaginar que son capaces de aportar vida y felicidad a los demás".

Mientras escribo este artículo suenan los acordes de Víctor Manuel: Hey, sólo pienso en ti/ juntos de la mano/ se les ve por el jardín/ no puede haber nadie en este mundo tan feliz/ Hey, sólo pienso en ti/ En el comedor/ se sientan separados a comer/ Si se miran bien/ les corren mil hormigas por los pies/ Ella le regala alguna flor/ y él le dibuja en un papel/ Algo parecido a un corazón/ sólo pienso en ti.

Quienes tenemos experiencia propia de la felicidad que supone encontrar a la persona con quien desea convivir y compartir la vida entera, en plenitud, y lo consigue, la deseamos también para las personas con síndrome de Down. Creo que es posible si nos empeñamos en ello. Lógicamente, sin recetas ni moldes preconcebidos, cada uno en su contexto vital propio, todos llamados a la felicidad en el amor mutuo.

Esta es la realización de la vida en la que creo y por la que me esfuerzo, porque, en mi opinión, satisface plenamente la condición humana.