Aclarado qué entender por virtud, así como señaladas algunas consideraciones relativas al modo como deben cultivarse, toca ahora descender al anunciado terreno de la relación diaria con las personas con discapacidad para iluminarlo moralmente desde el referente de las virtudes.

a) La virtud de la amistad

Lo primero que conviene subrayar es que, por su propia naturaleza, toda relación humana está llamada a ser una experiencia singular. Constatación de la que emerge una consecuencia fundamental: allá donde hay singularidad no puede darse un trato puramente estandarizado, se precisa atención y acomodación a la persona concreta. Pues bien, para ello -es la tesis que voy a defender y desarrollar- el mejor aliado moral son las virtudes.

La relación que familiares, profesionales y voluntarios establecen con la persona con discapacidad es una relación moralmente simétrica (aspecto que nunca debe perderse de vista), es también simétrica en una serie de aspectos fácticos (que también conviene tener presentes siempre para no reducir a la persona a su discapacidad), pero ciertamente hay además una dimensión asimétrica, la marcada precisamente por la circunstancia de discapacidad. A este respecto, con las personas con discapacidad se tiene, en determinadas circunstancias (las que aquí se están contemplando), una relación de apoyo. La calidad moral de la relación dependerá en buena medida del modo como se viva esta asimetría. Desde el modelo moral de principios o deontológico se afronta teniendo presente todo lo que se puede la afirmación de las mutuas autonomías y sus correspondientes derechos que deben ser respetados. En el modelo de la virtud o aretológico, sin que deba negarse ese referente, se subraya, en cambio, que se instaura una relación llamada a ser en sí misma virtuosa con la adquisición de la forma de la amistad.

Aparece así la primera virtud clave. Una virtud especialmente relevante porque constituye el «clima» adecuado para acoger a las demás virtudes al interior de esa relación. Hay que advertir que no se trata de propugnar que «toda relación» con las personas con discapacidad tiene que alcanzar el modo de amistad intensa y globalmente vivenciada a la manera como se entiende la amistad en el lenguaje corriente (además de ser imposible su generalización, en ciertas circunstancias puede ser contraproducente). De lo que se trata es de propugnar una amistad moral contextualizada. En genérico, contextualizada en el hecho de la discapacidad, que pedirá que la asimetría de la relación de apoyo sea enmarcada en la simetría básica de la relación de amistad. En específico y variable, contextualizada tanto en las modalidades de la discapacidad (intelectual o no intelectual, etc.), como de la edad (niño, joven, adulto), como de las del tipo de relación (no es lo mismo la relación familiar que la profesional, que la de los «amigos» en el sentido social del término). Concretamente, si nos centramos en la relación profesional, podría decirse que lo que conviene estimular es una especie de amistad «parcial», ceñida a determinados aspectos y momentos de la vida, asumida de ese modo por ambas partes. Eso evita, por un lado, la frialdad de la mera relación contractual pero, por otro lado, permite no caer en una implicación afectiva omniabarcante, negativa tanto para el profesional como para el que recibe sus servicios.

La virtud de la amistad incluye una serie de «preceptos de amistad», que, evidentemente, acogidos en el clima que crea, no son percibidos como obligantes, porque «van de sí». Si se quiere, a este nivel son más bien criterios básicos para discernir si se trata de amistad moral. Aplicados a la relación de amistad que nos ocupa, podemos precisarlos en tres. El primero de ellos es el reconocimiento de la persona con discapacidad como insustituible, como alguien único en una situación singular, no como un número más en el proceso de apoyo. El segundo es el de la indivisibilidad e integralidad de su persona, que pide una atención global y no fragmentada. El tercero es el del respeto y fomento de su autoestima, que tiene como nivel más básico la supresión de todo trato humillante y la superación de la tentación de fomentar el sometimiento «consentido».

b) Presentación del panorama de virtudes
Además de implicar estos «preceptos», la virtud de la amistad se expande y manifiesta en un manojo de virtudes que a su vez la potencian. ¿Cuáles de ellas pueden ser más pertinentes para las experiencias de una amistad en la que está implicada la circunstancia de discapacidad en una de las partes? Sin ánimo de ser exhaustivos, y teniendo muy presente que subrayar virtudes para este modo de relación no presupone que son sólo específicas de él, cabe resaltar las siguientes:

- Hay dos virtudes, la prudencia y la fortaleza que son apoyo decisivo para todas las demás: la prudencia ayudando a discernir el punto de equilibrio de las otras a la hora de vivirlas en circunstancias concretas; la fortaleza aportando el vigor que se necesita para practicarlas cuando aparecen dificultades de cualquier tipo.

- La benevolencia, incluyendo la compasión bien entendida, que impulsa la acogida y la acción benefactora y que debe completarse con la «estudiosidad» -en el sentido más amplio del término- o actualización permanente en el campo de las destrezas y conocimientos, para que se esté siempre con capacidad de realizar la acción «bien hecha».

- La humildad que, evitando el peligro de la superioridad engreída, posibilita y afina esa acción benefactora, abriéndonos además a la receptividad de lo que nos viene del «beneficiario».

- La confianza y la esperanza que posibilitan modos de relación y horizontes que por un lado dan sentido a lo que se emprende y, por otro, lo estimulan constantemente.

- La paciencia y la perseverancia, que facilitan que el acompañamiento sea constante, asumiendo toda la duración que precise cada meta que podamos marcarnos.

- La serenidad y la mansedumbre, que permiten afrontar adecuadamente las situaciones conflictivas y difíciles de la relación, tanto hacia el interior de un mismo como en la propia interrelación.

- La dialogalidad y la veracidad, que asientan la relación en la comunicación y la verdad.

- La simpatía e incluso el buen humor, que estimulan una relación esponjada, gozosa.

Respecto a todas estas virtudes en las que se desarrolla la amistad moral conviene hacer las siguientes observaciones: entre ellas se tejen múltiples interrelaciones, de acuerdo a la tesis de la unidad de las virtudes; ellas van haciendo avanzar en la plenitud a las partes implicadas en la amistad; aunque formuladas de modo directo pensando en quien apoya a la persona con discapacidad, evidentemente, también a ésta última le toca cultivar las virtudes (de hecho, la amistad pide la apertura a la reciprocidad); las virtudes en las personas que ofrecen el apoyo no son sólo condición para el buen desenvolvimiento de éste, son ellas mismas apoyo o cuidado, con frecuencia complemento decisivo de los más materiales o técnicos (el modo como se ofrece el apoyo forma parte decisiva del mismo).

Dije antes de pasada que el modelo aretológico debía afirmarse reasumiendo lo fundamental del modelo deontológico. Ello sucede cuando el otro concreto con quien me relaciono en amistad aparece como sujeto de derechos que debo reconocerle, que no pueden ser ocultados sino potenciados por esa relación amiga. Y cuando constato, a su vez, que ese otro me remite a todos los otros como él, que también tienen derechos, lo que pide a la relación amiga una forma de concreción y una apertura tal que, en negativo, no los conculque y, en positivo, los fomente. Desde el punto de vista de los principios aparecen aquí una vez más los imperativos de autonomía y justicia. Pues bien, reasumidos en el marco de las virtudes se nos convierten en dos virtudes que hay que relacionar con las de la lista anterior: el respeto y la justicia. Como virtudes, se nos muestran disposiciones interiorizadas que generan con facilidad los correspondientes hábitos de conducta: en el primer caso, orientados a respetar la autonomía de las personas con discapacidad; en el segundo, dirigidos a ofrecer apoyos en la perspectiva de realización de los derechos a bienes y recursos de todas las personas con discapacidad.

Ante este panorama de virtudes la tesis a defender es que tienen que potenciarse en la interrelación entre ellas y que hay que cuidar en especial la articulación de las más teleológicas (con su marco de amistad) y las más deontológicas (con su marco de justicia). Cultivar las primeras descuidando las segundas puede conducimos a quebrantar los derechos de los otros, en nuestro caso, de las personas con discapacidad; en este sentido, justicia y respeto se convierten en condición básica e irrenunciable de moralidad. Pero insistir unilateralmente en estas últimas lleva a una especie de juridificación fría de las relaciones (en las que cada una de las partes reclama sus derechos), muy pobre y unilateral.